Por Ana María Urricelqui
Los gobiernos pasan, pero cuando un pueblo desaparece, se lleva consigo la memoria, la identidad y los sueños de generaciones enteras. En estos doce años gobernando Jaramillo y Fitz Roy aprendí que existir no es solamente figurar en un mapa: existir es tener luz en las casas, agua en las canillas, salud cerca y trabajo digno para la gente.
Durante cuarenta años vivimos con energía prestada, como si nuestro destino dependiera siempre de otros. Hoy, el interconectado nos permitió sentir algo profundo: que por fin existimos de verdad. Porque un pueblo sin servicios, sin ambulancia, sin bomberos y sin herramientas para crecer, lentamente se apaga.
Cada obra que impulsamos tuvo un solo propósito: que nuestra gente no se vaya y que el pueblo siga respirando vida. El pasado nos enseñó que Jaramillo y Fitz Roy existen gracias a aquellos pioneros que llegaron desde distintas tierras, desafiaron la estepa, sembraron esperanza y construyeron familias donde antes sólo había viento y silencio. No tenían nada, salvo coraje; y ese mismo coraje es el que todavía sostiene nuestras raíces.
El vagón P111, la estación restaurada y el museo Falcón Grande son mucho más que patrimonio: son la prueba viva de que nacimos junto al riel y de que la historia merece permanecer encendida. También los fósiles de gliptodontes y perezosos recuperados nos recuerdan que esta tierra guarda una historia inmensa, una historia que no permitiremos que el olvido borre.
Gobernar también me enseñó humildad. Comprendí que nadie puede sostener un pueblo solo. Un pueblo existe cuando su gente trabaja unida, cuando cada vecino siente que vale la pena quedarse y apostar por su lugar. Hoy Jaramillo y Fitz Roy tienen otra cara porque elegimos hacer antes que prometer.
Creo profundamente que la política sólo tiene sentido cuando logra que un pueblo conserve sus escuelas, su cultura, su identidad y, sobre todo, su futuro. Y ese futuro vuelve a pasar por el tren. El ramal Puerto Deseado–Las Heras no representa nostalgia; representa la posibilidad concreta de seguir existiendo. El turismo ferroviario traerá movimiento, pero el alma siempre la pondrá la gente que elige quedarse.
Soñamos con nuevos museos en Fitz Roy y paseos patrimoniales en Jaramillo, porque crecer no significa perder identidad. Sin energía, sin patrimonio y sin tren, un pueblo corre el riesgo de convertirse en un paisaje vacío.
Aprendí que los pueblos pequeños desaparecen cuando nadie los defiende. Nosotros elegimos defenderlos con obras, memoria y trabajo. Mi compromiso es que dentro de diez años podamos mirar hacia atrás y decir con orgullo que Jaramillo y Fitz Roy no sólo existen, sino que viven con fuerza, dignidad y esperanza.
Porque un pueblo existe verdaderamente cuando sus hijos eligen volver, quedarse y construir su vida en la tierra que aman. Y por eso seguimos adelante: para que Jaramillo y Fitz Roy sigan existiendo con orgullo en el corazón de Santa Cruz.
